Mi primera nochevieja sola

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Por Carmina Gabarda

Porque hay sensaciones que solo pueden sentirse de manera auténtica por primera vez.

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Viajar sola o acompañada suele ser una cuestión polémica, sobre todo si lo hablas con quien nunca lo ha probado. Al principio tu círculo más íntimo se encarga de decirte todo lo que te puede pasar estando sola y a mucha distancia. Luego pasan la fase de aceptación y poco antes de que te marches, lo asimilan y te apoyan en todo momento, al menos en mi caso. Es normal que al principio rechacen tu proyecto, pero eso no tiene que ser un impedimento para hacerlo. El único guía de tu vida eres tú.

A esta aventura se sumaba un hándicap; iba a ser mi primera nochevieja sola. Parece que si te saltas la norma de pasar las fiestas navideñas fuera de casa y lejos de los tuyos estás cometiendo un sacrilegio. Y no debe de ser así. La sociedad nos ha estipulado por cultura o costumbre, que las navidades se pasan con la familia. Y sí, yo no perdono una nochebuena sin la mía, pero a la nochevieja parece que le tengo más desapego; será porque no es la primera vez que la pasaba a miles de kilómetros, pero si la primera que estaría sola. Sabía que tenía todos los ingredientes para que fuera todo bien; los sentidos despiertos, la experiencia de Ámsterdam que hacía que estuviera mucho más despierta y perspicaz y un año lleno de sueños cumplidos.

Un mes y medio antes de que terminara 2016, recién llegada de Indonesia y con la certeza de que quería irme el fin de año de viaje, pensé en mi lista de cosas que hacer antes de morir, entre otras muchas, tenía anotadas pasar la nochevieja durmiendo en una jaima en mitad del desierto, en Islandia viendo las auroras boreales, meditando en un monasterio hindú del norte de India, o viendo el concierto de año nuevo de Viena.

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Consultando el tiempo del que disponía y del presupuesto, opté por Viena, así que sin saber cómo se celebra la nochevieja austriaca, compré el billete de ida para el mismo día de nochevieja. Disponía de 10 días de vacaciones, así que aprovechando que estaba en el este de Europa, decidí recorrer otros países que tenía pendientes; Hungría y República Checa. El hecho de sentir que puedo escoger mi propio camino, hace que sea más fuerte y segura ante cualquier imprevisto.

Leí en foros las experiencias de otros viajeros en nochevieja en Viena y todo apuntaba que iba ser especial. Tenía la certeza de que este viaje era mucho más espiritual que cualquier otro. Para mí, el viaje, cualquier viaje, tiene siempre dos sentidos. ¿Ida y vuelta? Sí, también. Pero, aún más importantes, los otros dos sentidos: hacia afuera y hacia adentro.

Es cierto, que pocos días antes de salir, tuve muchas dudas ¿es necesario irme sola? ¿Y si echo de menos a los míos y la nostalgia condiciona mi viaje? ¿Dónde cenaré en nochevieja si todo estará cerrado? ¿Hará mucho frío? Carmina, cambia el chip. Y lo cambié.

Sabía que a este viaje me iba ligera de equipaje, pero estaba segura de que volvería cargada de emociones.

Después de retrasos y de apenas no dormir, llegué a Viena a las 12 pm y nada más pisar el aeropuerto, supe que estaba en el mejor sitio; sonaba el Danubio Azul y la gente arrastraba sus maletas con cierta sonrisa. Cogí el tren de cercanías para llegar al centro de la ciudad y en la estación también sonaba el Danubio, y en el metro, y en las tiendas y en los cafés. Toda la ciudad sonaba a música. Me pasé toda la tarde recorriendo las calles del centro para ver el ambiente y me llevé una gran sorpresa; todas las plazas y calles principales de la ciudad contaban con un escenario y con música en directo; conciertos de jazz, de blues, de música pop, rock, y hasta escenarios con dos profesores que te daban clases de vals para que supieras bailar el Danubio Azul cuando sonaran las 12 campanadas, que así es como se celebra la entrada del año nuevo en la ciudad. Yo no lo dudé, y sin saber nada de alemán, me uní a una de las clases e intentaba imitar a los cientos de Vieneses y turistas que se sumaban a la experiencia. De pronto alguien me cogió la mano para bailar conmigo, y cuando me giré vi a Margarette, una vienesa de 75 años que se ofreció a hacer de pareja y de profesora de vals durante una hora. La comunicación entre nosotras fue un poco caótica; ella hablaba alemán y yo inglés, y no conseguíamos entendernos, pero la música, las miradas, las sonrisas y los gestos, fueron suficientes para entender lo que me quería decir. Aprendí lo básico, seguramente con un montón de errores, pero me veía decida a dejarme llevar a las 12 en punto cuando empezara a sonar el vals en la RathausPlazt.

Esa noche, a pesar de que para la gran mayoría le parezca triste o mediocre, cené un perrito caliente en el lobby de mi hostel, y para sentirme acompañada, saqué de mi carpeta la foto de los míos, para que me hicieran compañía mientras intentaba acabar con el súper menú de nochevieja. Nunca una cena tan pobre, me hizo sentir la mujer más afortunada del mundo.

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Me abrigué y salí un par de horas antes del gran evento hacia la RathausPlatz, y allí entre ponches, vinos calientes, música en directo y un ambiente de lo más entrañable, me encontré hablando con un neozelandés que también viajaba solo, así que en cuanto sonaron las 12 campanadas, empezó un gran castillo de fuegos artificiales y comenzó a sonar el Danubio azul, Will me cogió para seguir con la tradición Vienesa y bailamos el vals  entre lágrimas y gritos de alegría. Terminamos con un abrazo como si nos conociéramos de toda la vida. Qué curioso que entre las miles de personas que nos encontrábamos allí, coincidiéramos los dos viajeros estando solos. Casualidad o destino, nunca hubiese imaginado que empezaría el 2017 de esa manera tan especial. Como decía Sabina; Que el fin del mundo nos pille bailando o viajando añado yo. Así de esa manera tan mágica, con una nochevieja a solas más que superada y con la certeza de que no sería la última, daba comienzo mi décimo viaje en solitario.

Superar la nochevieja sola no supuso ningún esfuerzo. A veces me sentía rara por no echar de menos a nadie. Y cuando les echaba en falta, cerraba los ojos, respiraba hondo y estaba con todas las personas a las que quiero. Es cuestión de actitud.

La mañana de año nuevo, la pasé en la puerta de la ópera de Viena viendo el concierto en una pantalla gigante rodeada de Vieneses y turistas, y todos permanecíamos boquiabiertos y, sobre todo, cuando empezó a sonar la marcha Radetzky en manos del Director Gustavo Dudame, quien se giraba para indicarnos al público del interior y exterior de la Ópera cuando teníamos que aplaudir y cuando no. Increíble momento que se quedara en mi memoria para siempre. Esa tarde me di un capricho y merendé en el café de la ópera una deliciosa tarta de chocolate y una copa de champagne. Es cierto que cuando viajas sola muchas veces eres el centro de atención de muchas miradas, en este caso del maître de la ópera, quien no dudó en venir a preguntarme si viajaba sola. Tuvimos una conversación de lo más divertida y al final conseguí que me regalara el poster del concierto de año nuevo.

2017 no pudo empezar de mejor manera.

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Viena es una ciudad de cuento, es tan bonita que da la impresión de que nadie viva allí, parece un escenario de película, sus casas, con esa arquitectura tan cuidada, tan auténtica y sus calles decoradas de gala para la ocasión. Y la música, ¿qué sería de Viena sin música? Se respiraba el vals en cada esquina, en cada rincón, los camareros tarareaban de forma inconsciente la que parece que sea la banda sonora de la ciudad, las tiendas, hasta en los puestos de comida de las calles. Y claro, para alguien que le gusta la música clásica, Viena es una ciudad que atrapa.

Dejar Viena no fue fácil, me despedí de la ciudad con un manto de nieve que cubría el parque del Prater.

Tomé el bus destino a Budapest, haciendo escala en Bratislava. Tuve la oportunidad de ver en hora y media la capital de Eslovaquia, aunque la ventisca y la nieve me lo pusieron muy difícil. Tenía ganas de llegar a Budapest.

Y llegué. Dediqué 4 días a conocer todos los rincones de la ciudad. En Budapest no sonaba música y es algo que eché de menos, pero me ponía música en mi mp3 mientras cruzaba el puente de las cadenas y mientras caían los primeros copos de nieve. Budapest me sorprendió desde el primer paso, desde el primer segundo y desde el primer atardecer. Sus calles siempre guardan alguna sorpresa, desde bares en ruinas hasta antiguos teatros reconvertidos en restaurantes que ofrecían menús exquisitos y jazz en directo. Sus infinitos balnearios con aguas termales. Su cultura, su ambiente, su historia, su imponente Parlamento a las orillas del Danubio, las vistas de la ciudad desde el tranvía número 2, su skyline desde Buda, desde Pest, desde lo alto del bastión de los pescaderos o desde la colina Gellért, Budapest es bonita desde donde la mires. Y me dio pena despedirme y dejarla aun sabiendo y teniendo la certeza, de que volveré algún día.

Cogí un bus nocturno que cruzaba Hungría y república Checa durante 11 largas horas donde solo se veía nevar a través del cristal. Mi hora de llegada a Praga fue demasiado temprano, a las 6 am llegaba a la estación, helada de frío y agotada de cansancio, decidí meterme a una cafetería para hacer el cambio de moneda y asegurarme del trayecto de metro para llegar a mi hostel. Cada minuto que pasaba, los copos iban cogiendo más fuerza y eso me hipnotizó. Me abrigué. La ola de frío y los -14 grados que hacían en la capital de la República Checa no eran un impedimento para salir a la calle.

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No tardé en enamorarme de la estampa. Del majestuoso Puente de Carlos, una delicia para la vista sobre el río Moldava. Del reloj astronómico, una complicadísima estructura mezcla de arquitectura, arte y precisión que ofrece un espectáculo de figuras y sonidos a cada hora. De la Catedral de San Vito y del arte que guarda en sus vidrieras. Del muro de John Lennon, un símbolo de la libertad de expresión. Del gran castillo, del callejón del oro, de las antiguas torres de vigilancia y la multitud de iglesias de todas las religiones que han hecho que todo el centro de Praga sea considerado Patrimonio de la Humanidad. Del mercadillo de navidad cubierto de nieve en la plaza vieja. De los cafés y los pubs en sótanos con música jazz en directo. De la historia, misterio, cultura y romanticismo que hace que encuentres en cada rincón de sus calles algo de lo que enamorarte, algo que fotografiar o algo que descubrir. De los amigos que conocí la última noche, y porque cada cosa que viví o cada persona que conocí, me hacía sentir como en casa. Al final te das cuenta de que una es de donde quiere ser y está donde ama estar. Pensar lo contrario es vivir la vida de otro. La felicidad no se negocia. Hay que atreverse a que se corte la respiración un poco. Un poco más lento…

Desperté la última mañana con cierta nostalgia de pensar que se acababa el viaje, que al principio me asustaba tanto, pero del que volvería a casa con la seguridad de que algo había cambiado en mí. Todos los viajes me van transformando. Me remueven por dentro.

Recuerdo una tarde en Budapest, en el Szimpla Kert, acabé compartiendo mesa con un chileno que también viajaba solo, y después de una conversación sobre la vida y qué esperamos de ella, me preguntó:

– Dime, pequeña trotamundos, ¿crees en dios?

(curiosa pregunta a alguien que acabas de conocer)

– No. -Le contesté sin dudarlo-. No creo ni en dios ni en seres que no existan. Creo en mí y en el poder infinito que tenemos las personas para revolucionar nuestras vidas.

Esa es la magia de vivir.

Carmina Gabarda | Viajo sola

graciasportodo

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