Sola y libre en Polonia.

Por Carmina Gabarda

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Mi viaje a Polonia surgió como los últimos viajes en solitario: por necesidad vital, no la de huir, como piensa la mayoría de la gente cuando digo que me voy porque necesito tomar perspectiva, no huyo, todo lo contrario, voy en busca de mí misma.

Cada cierto tiempo, y cada vez con más frecuencia, necesito parar mi vida, alejarme de mi rutina, de ese estrés que ya forma parte del día a día. Dejar de hacer, de pensar, de correr para ir, para volver, para SER. Creo que pocos actos de valentía hay mayores que decidirse a caminar hacia adentro. Y viajar sola es un camino hacia el interior.

Últimamente, suelo elegir un destino que me ofrezca planes solitarios, paisajes sublimes por los que perderme, infinitud en la que encontrar respuestas, puestas de sol con las que emocionarme. Lo pienso y me parece curioso. Al principio de viajar sola me escondía en ciudades, en grandes urbes que me ofrecían un montón de planes culturales para no estar ni un solo minuto sin hacer nada, era un auto-engaño; viajaba sola pero con el miedo de no sentirme como tal. Qué contradictorio. Pero hasta esa conclusión no llegué después de unos 12 viajes, de repente en Portugal, dada mi circunstancia personal de aquel momento, de la necesidad de alejarme del estrés que me estaba consumiendo día a día, decidí no depender de una cheklist interminable de actividades, rutas, y planes que agravaran mi estado, necesitaba tener el poder de ser yo la única persona que dominara mi día a día; ¿no voy a visitar un museo o una catedral? No pasa nada. En ese viaje solo me puse una condición; quedarme en aquel lugar en el que me sintiera yo misma. Ahí es donde cambió mi percepción del viaje, empecé a escucharme, a darle a mi cuerpo lo que necesitaba; paz, calma, aire puro, soledad.

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Pues bien, Polonia llegó en un momento muy necesario. Casi sin planes, tan solo dos cosas que quería ver sí o sí: Auschwitz y Cracovia como ciudad de paso a los montes Tatras, quería explorarme con un escenario totalmente distinto a lo que estaba acostumbrada en mis viajes, y di con el lago Morskie Oko; el plan me ofrecía un trekking de lo más solitario, bonito, mágico. Necesitaba verme rodeada de paisajes por los que dejar de pensar de esa forma tan acelerada, aunque fuera por unos días.

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Cogí el vuelo rumbo a Poznan, una ciudad al norte del país, y en la que no quería quedarme porque no tenía nada de lo que yo andaba buscando. Y 7 horas después de sentarme en el avión, llegué de madrugada y el único plan que tenía se había roto por el retraso de casi 4 horas que sufrimos por culpa de una huelga aérea. Llegué, respiré hondo, y busqué un plan B: había perdido el bus que me llevaba a Cracovia, me tocó comprar un pasaje para el siguiente bus y dormir en la estación porque el siguiente bus salía unas 5 horas más tarde. Mi sorpresa llegó cuando el cargador del móvil se rompió y me quedé sin batería y sin poder encender el móvil para enseñarle al conductor del bus mi billete. Era domingo, las 2:30 de la madrugada, estaba todo cerrado y supe que ese contratiempo no iba a dejarme en tierra, así que con mi mejor cara, pedí ayuda a los viajeros que esperaban a sus autobuses, y ahí es donde empecé a conocer a gente maravillosa que estuvo dispuesta a ayudarme. Se desencadenó una serie de amistades, entre viajes en bus, y esperas, que en ningún momento me vine abajo. Pensé en

varias ocasiones, que si esa tontería me hubiese pasado años atrás, no me lo hubiese tomado de esa forma. Y esa es la pura verdad. Viajar sola te fortalece, te hace madurar, te enfrenta a situaciones en las que te pone a prueba y en las que siempre sales con un aprendizaje, un bagaje que en tu día a día no puedes aprender, y eso te hace sentirte grande, fuerte, feliz, libre, invencible.

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Pues tras varios contratiempos llegué a Cracovia agotada y sin más planes que el dejarme llevar por esa ciudad que me cautivó desde el primer minuto; personas súper amables, una ciudad súper limpia, llena de jardines y de rincones preciosos por los que perderme. La primera tarde me regaló a dos amigos y compartimos cervezas y los motivos por los que nos habían traído a cada uno hasta esa ciudad de Polonia. El segundo día quizá fue el más difícil, y sabía a lo que me iba a enfrentar, pero nunca estás preparada para revivir el horror tras los muros de Auschwitz. Esa visita me dejó casi sin energía. Necesité una ducha, descansar y perderme por el Wisla para quitarme de la cabeza lo que había visto esa mañana. Muchas personas me escribieron diciéndome que para qué voy a visitar un campo de concentración; y tienen su parte de razón, pero yo he nacido con la inquietud de saber y de intentar vivir e empatizar con todo lo que me rodea. Auschwitz no es una visita ni bonita ni agradable, pero se debe conocer la historia para evitar que vuelva a ocurrir.

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Mis días en Cracovia se acabaron y me fui rumbo al sur de Polonia, frontera con Eslovaquia, en busca de los montes Tatras y del lago Morskie Oko. Llegar hasta allí no fue fácil, me encontré

con pueblos en los que el turismo era solo nacional, por lo que solo se hablaba en Polaco y desde el minuto 1 sobrevivir esos días al día a día en Polaco no fue fácil pero sí divertido. Después de Croacia, era el segundo país donde no era capaz de entenderme. Pero cuando te encuentras en esas situaciones, tu instinto hace que te fíes de los gestos de las personas que van apareciendo por tu camino e intentan guiarte. Y así fue. Llegué hasta los pies de los Tatras y comencé un trekking hasta la cima, con mucho frío, sin ir preparada para las 4 horas de subida bajo la lluvia. Y me pregunté varias veces si era necesario estar pasando frío, completamente mojada, caminando por mitad de los montes Tatras sin apenas cruzarme con nadie, donde la niebla en ocasiones no me dejaba ver las señales para continuar por el camino. Pero supe que mi instinto me había llevado hasta aquel lugar por algún motivo y ese motivo me estaba esperando a unos 10 km de distancia. Lo adictivo de viajar sola es que solo tú eliges hacia dónde y tú decides hasta cuándo, porque tu camino es un asunto únicamente tuyo.

Y yo había cruzado medio continente para ver una maravilla de la naturaleza y ni la lluvia, ni el frío pudieron con mi curiosidad. Y a pesar de que en algunos tramos se me hizo difícil, llegué hasta el final, y la recompensa fue mucho más de lo que había imaginado. Tenía ante mí a uno de los lagos más bonitos del mundo, y por si fuera poco, casi para mí sola. Y en ese momento me sentí casi invencible e infinitamente afortunada. La vuelta se hizo dura, a 5 grados de temperatura y con la ropa completamente mojada, pero la belleza del camino hacia que se te olvidara el cansancio. Aquella expedición me enseñó que si algo no se empieza, nunca tendrá un final.

En Polonia aprendí que la incertidumbre forma parte de la aventura, y salirse de los planes siempre te regala nuevas experiencias, lugares, personas y anécdotas que recordar.

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Hay que viajar sola, aprender a estarlo, a disfrutarlo y a necesitarlo, porque es una sensación única.

En esta vida nadie puede experimentar por ti. Nadie puede crecer por ti. Nadie puede observar por ti. Nadie puede vivir por ti lo que tú mismo debes vivir. Nadie puede escribir tu historia, ni tan siquiera hay que dar el privilegio de que alguien viva lo que te corresponde a ti. La vida no admite representantes. Y los viajes tampoco.

Carmina Gabarda

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