Un sueño y un reto. Japón a solas

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Por Natalia Plaza

Tokyo II
A veces salir de la zona de confort te ayuda a ganar campo de visión.

Mi primer viaje sola fue a los 24 años. Dicen que un viaje a solas suele estar precedido por algún motivo concreto. En mi caso, además de mi afán por conocerme mejor y explorar otras culturas, diría que una ruptura de pareja me invitó a desconectar y re-conectar conmigo. Mi hermana estaba en ese momento en la India, lo que me invitó a decantarme por ese destino. Sí, como destino para tu primer viaje sola, es bastante retador. Pero, me dirigía al sur de la India, mucho más seguro que lo que conocemos del norte. Además, jugaba con ventaja: empezaba mi primera semana de viaje acompañada por mi hermana, lo que me ayudó a adaptarme más cómodamente al lugar, aprendiendo ciertas normas, reglas, etc., que ella ya conocía, antes de seguir viajando sola dos semanas más. Fue un apasionante viaje lleno de aventuras que me marcó mucho, posiblemente por la mezcla de nuevas sensaciones y sentimientos que empezaba a experimentar. Y, posiblemente fue una de las primeras veces que lloré de felicidad, siendo muy consciente del momento presente, de mí misma en él y, de lo que me rodeaba.

Nara -Osaka

6 años más tarde, con los 30, llegó Japón. De hecho, recientemente volví de este maravilloso viaje. Dicen que los 30 es un periodo de cambio y reflexión vital importante (aunque no me guste mucho ese tópico, podría decir que se puede dar, o así lo he sentido yo). Y estando inmersa en ese periodo, decidí que era mi momento para volver a retarme y a salir lejos de mi zona de confort (a veces necesario para reflexionar e incorporar nuevos puntos de vista). Además, Japón siempre había sido uno de mis destinos pendientes, atraída e interesada por su cultura, gastronomía y paisajes. Pero al viajar con otras personas sueles negociar un destino a gusto de todos, y lo vas posponiendo

Por ello decidí que era el auto regalo perfecto y me compré de un día para otro, sin pensarlo, el billete. Sentí que había llegado el momento de ir. Todavía faltaban 4 meses, pero decidí que no había vuelta atrás y que ese año, me iba a Japón.

A medida que se acercaba la fecha de partida los sentimientos que fueron surgiendo fueron muy distintos y cada vez más intensos. Por supuesto, la exaltación, emoción e ilusión están muy presentes, y es una de las partes mágicas del viaje es esa para mí. La incertidumbre de lo que vendrá junto con la emoción que acompaña a ese reto y, la propia preparación del viaje: leer sobre el país, ver documentales, definir las primeras rutas… algo que disfruto es ser mi propia guía (junto con la gran ayuda de mi Lonely Planet y japonismo.com). Cierta inmersión previa en el destino y viaje te da cierta seguridad, aunque siempre creo conveniente dejar otra gran parte en manos del destino (por decirlo de alguna manera). Tener ciertos propósitos o rutas claras, pero el resto, dejarlo fluir.

Kyoto

Hasta aquí todo parece mágico, pero se vive también con algunos miedos, dudas y preocupaciones. En mi caso era la primera vez que hacía un viaje sola de inicio a fin, a un país con una cultura completamente distinta a la mía (y el idioma). Mis mayores miedos nacían de la experiencia en sí de viajar sola: ¿sería capaz de sobrellevarlo?. Por otra parte, durante ese tiempo es interesante ver las distintas reacciones de la gente: sorpresa, admiración, desconcierto, preocupación… en muchos grupos sociales el hecho de viajar sola todavía cuesta de entenderse, por el mero hecho de que no forma parte de lo que ellos consideran “común” o “socialmente aceptado”. Y siendo una mujer, este hecho aumenta. Y por supuesto, ello nos influye y condiciona muchas veces.

Recuerdo mi primer día al llegar a Tokyo. Creo que nunca me he pasado tanto tiempo observando anonadada. Todo era nuevo, sorprendente, mágico… recibía estímulos de un lado y de otro. Tokyo es una Megapoli muy ecléctica, donde los contrastes son constantes. En un momento veía luces de neón por todas partes, edificios altos, colores y más colores, ruido, gente caminando rápido, máquinas y más máquinas… todo parecía una ebullición del consumismo y nuevas tecnologías, cuando de repente, te sorprendían templos y santuarios, locales pequeños, armoniosos, sencillos. tranquilos… grandes parques donde reinaba la paz y los rituales… No llegaba a creer que en un único país pudiesen convivir dos formas de vida tan opuestas… pero es que la cultura japonesa, es única.

Mi viaje se caracterizó por grandes caminatas explorando su diversidad de entornos naturales, ciudades,

Mi viaje se caracterizó por grandes caminatas explorando su diversidad de entornos naturales, ciudades, manjares gastronómicos (un paraíso muy diferente de lo que conocemos aquí) y su gente. Tan respetuosa, amable y hospitalaria. De Tokyo fui a Hakone a observar el Monte Fuji. De Hakone llegué a Kyoto. Me fascinó su carácter más tradicional respecto a Tokyo, tanto a nivel arquitectónico como en su estilo de vida, con sus estrechas calles acogedoras y alguna Gueisha intentando pasar desapercibida. Desde allí me dirigí a Osaka, ciudad comercial, donde pude compartir dos noches con gente local, gracias al amigo de una amiga. Compartir tiempo con gente local es siempre una maravillosa experiencia en cualquier país. Ta da la oportunidad de introducirte en su cultura, poder responder a muchas preguntas, y conocer lugares, tradiciones, comida etc., que hubiera sido difícil por uno mismo.

Nikko - Tokyo

Desde Osaka hice una excursión a Nara, patrimonio natural de la UNESCO, para visitar sus fabulosos templos. Igual que había hecho desde Tokyo a Nikko mi tercer día en la ciudad. Mi próxima parada fue Hiroshima, fundamentalmente por su historia. Tanto el parque conmemorativo de La Paz como su museo merecen la pena. Es impresionante e increíble que algo así sucediera allí. Y que todavía ni eso nos haya servido de lección a día de hoy. En el hostal aproveché para compartir rato con otro viajeros. Parte de lo bueno de dormir en hostales es poder interactuar y conocer personas de otros lugares, algo que se agradece después de pasar todo el día haciendo turismo a solas. El día siguiente lo pasé desde el amanecer hasta el atardecer en Miyajima, la isla sagrada. Solo llegar se siente una tranquilidad en el entorno que se contagia.

Antes de volver a pasar mis últimas dos noches en Tokyo, decidí hacer una parada en Naoshima, isla del arte. Otra joya que merece la pena visitar, tanto por el entorno como por la peculiaridad de la isla de ser un gran centro de exposición artística conectado a la naturaleza. Mantiene la naturalidad del entorno, sin haberla sobre-explotado, pero involucrando e invitando a artistas a exponer distintas obras.Mi último día en Japón fue una manera de despedirme con calma. Había vivido mucho en poco tiempo, y me faltaban cosas por asimilar. Aproveché para conocer algún nuevo rincón de la ciudad y disfrutar de una cena de despedida. Y dormir en un hotel cápsula con pijama incluido fue una forma divertida de acabar mi viaje.

Viajar sola es una experiencia que recomiendo a cualquier persona y mujer a llevar a cabo. A veces pasamos tanto tiempo inmersos en un mismo espacio, entorno, personas, hábitos… que cuando salimos nos damos cuenta de cosas que nos era difícil ver, tanto nuestras como de lo que nos rodea. Viajar sola te brinda la oportunidad de disponer de más tiempo para pensar, para equivocarte y tomar responsabilidad de ello, para abrirte a otras personas, para atreverte a probar lo desconocido, para incorporar nuevas concepciones del mundo… son aprendizajes que te llevas y te enriquecen como persona, y pueden aplicarse luego en el día a día.

Además, siendo mujer, el conseguir vencer los prejuicios y concepciones de género todavía existentes en la sociedad, me parece fundamental tanto por nuestra propia lucha de derechos como por ganar seguridad y confianza como personas.

¿Mi recomendación? Pruébalo. Una vez. Empieza por algo pequeño, no hace falta irse 8 meses a otro continente la primera vez. Escoge un destino por el que sientas un gran interés, así como no es necesario irse muy lejos, no es necesario vivir un gran choque cultural la primera vez. Cómprate el billete sin pensarlo mucho, para que haya poca opción de marcha atrás. Estudia un poco previamente las posibilidades de ese destino para ver qué opciones tendrás cuando esté allí. Ten un par de referentes de fuentes de información para organizar tu viaje. Planifica algunas cosas y deja mucho sitio para la improvisación. Indaga si tienes contactos allí o si amigos tuyos conocen a gente allí. Viaja ligera y llévate un buen libro que te acompañe durante el viaje.

Se puede empezar poco a poco, eso ya depende de cada uno. La cuestión es probarlo, intentando vencer las excusas. Luego, creo que alguna vez repetirás.

Viajar a solas te descubre otra parte de ti que estaba todavía difusa. Por eso a veces se puede volver algo “necesario” a lo largo de tu vida. Hay personas que, con distinta situación familiar (con pareja, con hijos…), al haber experimentado los beneficios de pasar cierto tiempo a solas, lo van repitiendo a lo largo de los años como una forma de crecimiento personal, ya sea con una pequeña escapada a la montaña o con un viaje viaje.

Porque si no sales de tu zona de confort, tu campo de visión está adaptado a lo que conoce de esa zona y a ti en ella.

¿Por qué no irnos moviendo, observando lo mismo desde otros lugares, para enriquecer lo que percibimos? Puede que descubramos que es distinto de lo que pensábamos.

Osaka

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